jueves, 7 de diciembre de 2017

Misha




Hugo Jaciel Mendoza



(Foto proporcionada por el autor)

Misha no entendía por qué le pateaba el vientre y le reventaba a sus mininos en gestación. Ella, como otras tantas veces solo quería darle la bienvenida, juguetear con él, restregársele entre las piernas. Pero él había llegado malhumorado por un mal día de trabajo. Nunca esperó el duro golpe que le tronó las entrañas. Maullando, más de tristeza que de dolor, se refugió en un rincón y lamió sus tetillas que ya lactaban. Al día siguiente parió tres trozos de carne sanguinolenta que sacó de la placenta y lamió con dolor, con el dolor de parto prolongado en sus entrañas reventadas, con dolor de madre que nunca escuchó el miar de sus hijos. Al tercer día, estuvo al acecho esperando un descuido de su amo en la puerta que daba a la calle y que nunca se había atrevido a cruzar, esta vez la historia fue diferente.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Mau



Tania Susano
(Foto de la autora)


La nombramos Mau porque no hacía otra cosa que decir mau, mau, puro mau. Era la gata de todos pero más de Gustavo porque el pagó 50 pesos a Alberto para que fuera sólo de él.
     ¿Han visto un gato dueño del barrio? Así era Mau. No hubo a los alrededores, azotea o traspatio, que no recorriera. En más de una ocasión hizo saltar y gritar a alguna vecina al caer con todo su peso en las láminas de los traspatios  o cuando curiosa entraba por la ventana de alguna casa que por supuesto no era la suya. Que bello era ir y venir de casa, y sentir su saludo mirada desde la cornisa del zaguán  o verla bajar del árbol corriendo a tu encuentro. Era callejera, hacerla entrar cuando debíamos salir era toda una proeza pues no vendía su libertad, ni por una rebanada completa de un buen jamón.
    ¿Dejarse acariciar? Jamás, eso lo aprendimos desde el  primer día que llegó. Sólo a veces, si eras el elegido, se sentaba en tus piernas y dejaba que la cepillaras y hundieras tus dedos en su denso pelaje, una mordida era el aviso de que había sido suficiente. Pero si estaba dispuesta hasta masaje te tocaba.  No es que fuera agresiva, era simplemente ella, la Mau. Así era.
   Dicen que los gatos negros son de mala suerte pero a mí me consta que no es así.  Recuerdo el día que la señora Berta llevó a su nieto, fue a ver a  mamá para que la acompañara al doctor o con la señora que curaba el empacho,  porque no sabía que le pasaba al bebé, se había puesto a llorar de repente.  Desde  que Mau la escuchó, bajó corriendo y le maulló, se trepó a las coderas del sillón a la altura de su  brazo y la jalaba con su patimano, como indicándole algo.  Mamá me dijo que me la llevara, que la estaba atacando, yo sabía que no era así: en más de una ocasión la había visto correr a los perros que se meaban en el jardín, saltándoles a las patas, así que si la hubiera querido atacar se le hubiera aventado y punto. Era muy extraño que se comportara así, nunca antes lo había hecho.  Mau insistía hablándole a la señora en idioma maullido, siguiéndola mientras esta caminaba arrullando y calmando al niño. El llanto del bebé no paraba, sugerí que lo destapara un poco, que tal vez tendría calor, era mayo y lo traía envuelto en un cobertor de esos de Winnie Pooh. Lo acostó en el sillón y lo descubrió, Mau rápidamente trepó,  y sin que pudiéramos intervenir, comenzó una danza extraña, daba  vueltas alrededor de él, cambiando de dirección cada tanto, rozándose en las ropas y mullendo la cobija, guiñaba los ojos, ronroneaba,  todo con tal concentración que yo estaba atónita. Mamá no dejaba de decir que la alejara, que si los pelos, que lo iba a rasguñar pero si me acercaba me tiraba zarpazos y amenazaba con morderme, así que opté por quedarme cerca, atenta. El ritual aquél duró como dos o tres minutos.Después, como si fuera magia de gata  negra, ante la sorpresa de todas, el niño poco a poco se fue calmando. Al terminar su trabajo Mau simplemente bajó del sillón, se sacudió y se fue, durmió toda la tarde.
     Siempre elegante, meneando orgullosa su esponjada cola, los años pasaban y pasaban y Mau siempre la misma, juguetona, con energía de gatito que está descubriendo el mundo. Y de pronto, en unos meses, su andar se volvió lento, dejó de buscar la calle, de subir a las azoteas, al árbol, incluso las escaleras. Su mirada se fue apagando. Aquel día sólo esperó a que Gustavo regresara a casa, la tomó en sus brazos, la acostó en su cama y partió.
    Negra como el universo, ahora se confunde con él. A veces por las noches me gusta buscar su mirada saludo y veo como las estrellas se mueven, seguro es Mau que juega con ellas.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Gato guardián



Mayte Romo
Dibujo: Maya Romero Rebollar.


Fuimos presentados una tarde soleada cuando ella volvía de la escuela. Cruzó la puerta con desgano: arrastraba los pies y aventó su mochila al sillón. Cuando fue consciente de mi presencia, lanzó un grito y corrió hacia mí. Me cargó y yo traté de retirarme su enmarañado cabello azul de los bigotes. Entonces, volvió a emitir chillantes exclamaciones de alegría. ¡Rayos!, casi ensordecí, quería que me devolviera al cojín del que me había levantado, que me dejara tranquilo. Detrás de ella había entrado él. Lo noté cuando pasó junto a nosotros, porque le dio una palmada en la cabeza que la obligó a callar y a quedarse quieta. Yo apoyé mis patas delanteras en su pecho y le dije a maullidos que, si quería, podía abrazarme otro ratito, al fin que me gusta jugar con estambre verde, amarillo o azul.
Para convertirme oficialmente en su gato guardián, ella me puso a prueba. Sus retos favoritos eran los ejercicios de coordinación. Acariciaba mi pecho de gatito, y luego abría su mano frente a mi cara, entonces, yo tenía que extender mis patitas delanteras, como si abrazara el aire. Cada vez que yo hacía bien el ejercicio, ella pronunciaba una larga exclamación y ladeaba su cabeza. Un reto odioso que superé con dificultad consistía en perseguir un punto de luz verde que aparecía en las paredes de su recámara. Me alegra que hayamos evolucionado hasta el punto donde estamos hoy, porque duermo en las mañanas y, por las noches, ya sin retos de coordinación, le ronroneo, la conforto y la resguardo de él.
Acepto que este día no he tenido éxito. He permanecido gran parte de la tarde sentado a la orilla de su cama y todavía no me permite acercarme a ella. Quiero pedirle que hable con su dulce voz cantarina, que juegue, ¡que brille! Ha caído la noche, el momento en que puedo ver la luz que irradian los vivos. Hoy ella emana una luz tenue que apenas delinea su cuerpo. Tal vez estoy usando una mala técnica.
He tenido varias ocasiones para crear formas de sanarla. Una tarde, él la hizo quitarse de su lugar en la sala para conectar unos controles que manipula mientras grita frente a la televisión. Ella había vuelto a quedarse callada y quieta, como cuando nos conocimos. Entonces me puse a jugar con una liga que usa para atar su cabello: la apresaba con mis patas delanteras y luego la aventaba, para después perseguirla. La alegría le salía a carcajadas a la pequeña, que me premiaba rascándome detrás de la oreja. Cuando cayó la noche, pude ver la luz amarilla y azul que le brillaba en derredor. No puedo permitir que esta noche termine sin que algo de ese brillo salga de ella, aunque por ahora, acostada como está, debo descartar los juegos con ligas: no tendrá energía para incorporarse a verme.
La luz que viene de él es verde, aunque no siempre tiene el mismo matiz: en nuestros peores días, es más oscuro. Cierta noche, cuando los focos de la casa estaban encendidos, ella jugaba a caminar sólo por las sombras, como si las áreas iluminadas del suelo estuvieran prohibidas. Yo miraba las luces de su cuerpo danzar entre penumbras. De pronto, su resplandor verde militar intervino para tomarla por la espalda y tirarla a la región más luminosa del pasillo principal. Ella se apagó. Hecha un ovillo, permaneció unos instantes en el suelo, bajo la cascada artificial de luz que salía de las lámparas de techo. Entonces innové. Para sanarla, me paré en mis patas traseras y comencé a darle empujoncitos con las patas delanteras. Le di empujoncitos a sus piernas, a su espalda, a su cabeza y, al llegar a su regazo, me abrazó y me permitió ronronearle motivos para ponerse en pie. Hoy ya intenté ese método, pero no hay caso. Cuando le quedo a modo, alarga sus brazos para alejarme. Por lo menos, ya me deja estar más cerca de ella.
Esta tarde, ella extendió en la sala un tapete de plástico con cuatro líneas de colores: gris, azul, amarillo y verde. Le entregó una especie de reloj de manecillas a la señora que viene en las tardes para estar con nosotros. La señora giraba la manecilla y decía alguna instrucción. Ambos niños colocaban una extremidad sobre uno de los círculos. Al rato, ya estaban los dos hermanos en cuatro patas torcidas. Era algo cómico de ver, y parecía que ellos no la pasaban mal, porque reían. Pero él no aguantó el equilibrio y se cayó. Ella en cambio se mantuvo firme y continuó riendo, incluso después de que él se había levantado. Desde su posición segura, él tomó vuelo y le pateó un brazo, provocando que su cadera, codo y hombro se estrellaran contra el suelo. Ella no lloró. Ella nunca llora, sólo se apaga, se queda quieta o, como sucedió esta tarde, se encierra en su recámara para restaurarse.
Pienso que debería traerle un gurriato, pero eso será por la mañana. Ahora, acercaré muchas ligas de colores a su cama, y algo de croquetas, porque no quiso cenar. Dormir junto a ella no será mala idea, tal vez le contagie las ganas de cerrar los ojos. Ahora que la siento cerca, sé que está más tranquila. Estoy seguro de que su luz volverá a ser intensa, pero voy a cantarle una melodía en ronroneos para asegurarme de que así sea.
Ha llegado la mañana, no puedo ver otra luz que la del sol. Escucho los pasos de él en la habitación de al lado. Se aproxima a nuestra recámara. Yo me encaramo en el pecho de mi pequeña. Él entra. Ella termina de despertar. Intercambian palabras. Él se va. Ella me acaricia un poco. Se levanta y comienza a alistarse.
Mientras bostezo y me estiro, pienso que no saldré de cacería. Debo reservar energías y planear mejores estrategias, debo estar listo para cualquier tarde de éstas en que ella necesite ser restaurada otra vez.

viernes, 27 de octubre de 2017

Silvestre



Rocío Cristina Quintero Godínez
Ilustración de la autora



Te preguntarás, ¿quién es Silvestre?, pues yo te lo diré: es un pequeño peludo, recogido de la calle, cuando unos niños lo arrojaban al viento para ver como se contorsionaba en el vuelo y verlo caer parado sobre sus cuatro patas.
Un minino agradable de color blanco y  negro con un lunar en la nariz, y ojos color de aceituna, que fue bien recibido por una familia humana de cinco integrantes a quienes adoptó como su manada, después de que dejara sus desechos en la coladera del baño y lo consideraran un gatito muy limpio.
Silvestre, el que juega a las escondidillas con sus hermanitas humanas, a corretear la pelota y seguir madejas de estambre. El que se convierte en un bebé envuelto en cobijitas y es mecido en una hamaca improvisada, y gusta de beber leche de un diminuto biberón.
Aquel que en tiempos difíciles  salía a cazar para llevar el alimento a sus hermanos humanos, quienes no valoraban las suculentas ratas, lagartijas y pájaros, que eran llevados hasta dentro del hogar para ser cocinados por nuestra madre.
Silvestre, aquel que esperaba la llegada de sus hermanos humanos cuando regresaban de la escuela, y una vez que todos estaban dentro de casa ya cobijados, se enroscaba en la cama para dormir plácidamente, pues sentía su labor cumplida.
Es el que cuidó toda la noche a la hermanita menor, cuando la mediana fue atropellada y sus padres pasaron varios días en el hospital.
Aquel que limpiaba con la lengua las lagrimas de la vecina, cuando esta descubrió que su marido le era infiel y rompió en llanto con una nostalgia que hacia estremecer cualquier corazón.
Silvestre, el que soportó las tantas mudanzas de pueblo en pueblo, pues la manada no tenía una estabilidad, y no se ponían a reflexionar que los cambios también lo afectaban, pues debía enfrentarse a los vándalos gatos que lo juzgaban de extraño, y le propinaban tremendas palizas, para volver a casa con las orejas rotas, los bigotes quebrados, las patas mordidas y cojeando.
El que ablandó el corazón de Doña Jerónima, la cacera veterana de la revolución, que dijo: ¡NO quiero gatos en esta casa!,  y terminó siendo su mayor confidente.
Vio crecer a los niños y volverse adolescentes y después adultos. Vio como la vida sigue su curso. Vio como las familias a veces se desintegran para seguir nuevos caminos, nuevos destinos. Y en un golpe de suerte, entre tanta mudanza, cayó en un lugar lleno de hermanos gatos, en donde después de enfrentarse con el jefe de aquella manada en una cruenta lucha, ganó la afrenta y se posicionó como el líder, y tuvo acceso a la cópula con todas las féminas gatas que pudo, reproduciendo su imagen bicolor por varias generaciones.
Silvestre decidió quedarse a vivir con sus nuevas esposas, formar su propia familia, pues finalmente sus humanos ya también habían comenzado a separarse para formar las suyas. Y un día de pronto, despertó en una azotea, rodeado de su descendencia. Su camada humana había desaparecido. Tuvieron una última mudanza y lo dejaron abandonado en aquel pueblo. Y no es que no lo quisiera, no, el ya no quiso dejar a su familia felina. Prefirió pasar sus últimos días rodeado de ronroneos en el calor del sol sobre las azoteas. Y los años pasaron sin que su familia humana y él se volvieran a ver jamás.
Te preguntarás, ¿quién es Silvestre?, pues yo te lo diré:
Silvestre, soy yo…