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lunes, 12 de abril de 2010

Persona dormida con gatos


Paola Jauffred Gorostiza

(Ilustración de Cecilia Pego)


En aquella, la primera vez que despertó, de entre las muchas veces que despertaría esa mañana, Sara logró deducir que era invierno. El frío la obligaba a meter los brazos de vuelta bajo las cobijas. Su madre, inclinada a su lado y acariciándole los cabellos, le anunciaba que ya eran pasadas las seis. El uniforme de gimnasia estaba planchado y listo, extendido sobre la silla frente al escritorio. Sara entonces afirmó por primera vez en esa mañana, que no quería despertarse, que pasaría el resto del día dormida, y su madre riendo le dio una nalgada. Luego salió de la habitación avisándole que iba a prepararle el desayuno, más le valía estar lista en cinco minutos. Pero antes de que pasaran los cinco minutos Sara ya se había vuelto a dormir.

La impresión de no estar en ningún lugar, de ni siquiera ser ella misma, fue volviéndose cada vez más convincente. El mundo se había desdibujado, deshilvanado, desabrochado. Todo estaba en paz.

Entonces la estremeció el salto de un gato sobre el colchón.

Silencioso el gato caminó con sus cuatro patas, como cuatro picos, por encima del cuerpo de Sara. Ronroneaba buscando un albergue contra el frío prensante de ese amanecer. Sara le permitió entrar bajo las cobijas, pensó que era Micha, que su madre la habría dejado entrar para que la despertara. Pero el gato también quería dormir. Fue bordeando el cuerpo de Sara, reconociéndola toda, hasta que por fin se acomodó junto a su vientre.

La campanita en su collar estaba helada. Palpándola, palpando las orejas y la forma en general del gato, Sara comprendió que no era Micha. ¿Qué gato era ese? Tuvo que hacer un esfuerzo, recordar a todos sus gatos, para ubicar a este específico felino de orejas pequeñas y cuello ancho.

Finalmente reconoció a Musi. Musi el de blancas patas. Supo entonces que no era del frío de lo que estaba huyendo, si no de la enfermera. Porque todos en esa casa, los canarios, Musi y Sara misma, compartían esa mezcla de repulsión y miedo hacia la enfermera. No tardaría en llegar. El chirrido blanco de sus zapatos se escucharía acercándose por el pasillo. Aún así, perturbada y todo, Sara se las arregló para continuar dormida.

Poco después la voz de la enfermera resonó con un optimista "Buenos días". ¡Ya estaba ahí, en la habitación, descorriendo las cortinas! Musi se tensó bajo las cobijas.

"Arriba, arriba, el desayuno ya está listo". Sara entonces, por segunda ocasión, dijo sin molestarse en abrir los ojos, que no quería despertarse, que quería pasar el día dormida. “Pero cómo señora ¿y si vienen sus nietos?".

Sara no respondió. Cada día era lo mismo, levantarse por si acaso venían sus nietos, pero sus nietos no venían y ella en cambio tenía que soportar la mañana y la tarde en compañía de la enfermera. Dio por terminada la conversación, le pidió con voz cortante que hiciera el favor de cerrar las cortinas y de paso la puerta en su camino de salida. La enfermera, aparentemente mansa, obedeció. Pero Sara sabía, porque esa no era una escena nueva, que correría al teléfono más cercano para acusarla con su hija. Ambas, su propia hija y la mujer esa que había contratado para cuidarla, consideraban que forzarla a aguantar otro día de vejez y televisión, era lo más saludable.

Hizo un cálculo rápido, le quedaban por lo menos, unos cuarenta minutos de sueño, el tiempo de la distancia entre la casa de su hija y la suya. Así que volvió a dormirse y Musi con ella.

El sonido de la puerta abriéndose llegó como desde muy lejos. Ya los pasos de su hija se acercaban a la cama. Sara sintió su manita fría acariciándole el rostro, y aún estando dormida pudo sonreír. “Mami” dijo la niña “¿no me vas a llevar a la escuela?” La sonrisa de Sara desapareció. "Hoy no me voy a despertar" dijo sin mayores explicaciones. Había fantaseado con hacer esto durante mucho tiempo, y ahora sucedía espontáneamente. Era justo, después de tantas mañanas de levantarse todavía a oscuras para preparar el uniforme, hacer el desayuno y luego manejar hasta la escuela. De cualquier forma ya debía ser tardísimo y no la dejarían entrar.

“¿Estas enferma mami?", comenzó a llorar la niña. Sara no contestó, giró sobre la cama y se cubrió con las cobijas hasta las orejas. Fue Musi quien respondió. Salió de entre las sábanas transformado en Mangus, la de largos bigotes, y maulló. "Hola Mangus" dijo la niña entre sollozos, Mangus volvió a maullar. Quizá aquel diálogo llegó a prolongarse, Sara ya no lo supo, porque de nuevo quedó arrancada de sus circunstancias, convertida en nadie presente en ningún lugar.

Hubo silencio.
Luego un nuevo salto de gato sobre su cama.

Esta vez era se trataba de un gato grande, demasiado grande, gigantesco. A cada paso la aplastaba con sus patazas. Parsimonioso el felino se reclinó sobre ella y su pelaje comenzó a asfixiarla. Sara se retorció, luchó por quitárselo de encima, por recuperar el aliento. Con todo el animal permanecía inmutable. En medio del forcejeo logró gritar, y gritó con toda la fuerza de sus pulmones, hasta que unos pasos apurados aparecieron en la recámara.

"!Fuera de ahí bicho!" gritó una voz femenina, el peso desapareció. Sara pudo respirar. Una mano grande le acercó un chupón y Sara lo succionó con avidez, hasta que la impresión pasó. Sintió que la levantaban, que la llevaban por distintas habitaciones. Reconoció el olor de su padre (tabaco con vainilla), la llevaba en brazos. “Se llama Sara”, le dijo a alguien más, "Despierta Sara, deja que vean tus ojos", pero ella lo ignoró. La acunaba torpemente, agitándola con brusquedad. Casi estuvo agradecida cuando finalmente la depositó en una cama de sábanas ásperas. Su padre continuó hablando con la otra persona mientras la cama comenzó a moverse.

Hubo puertas que se abrieron a su paso, recorría una habitación tras otra, como si fuera un largo paseo. Luego de improviso la camilla se detuvo. Su hija estaba ahí, hablándole al oído. “Mamá ” decía, “despierta, te van a poner los santos óleos”. Ya molesta, Sara repitió por tercera vez que no despertaría. Extrañamente nadie la interpeló.

Todos se habían ido, quizá esta vez la dejarían al fin en paz.

Otro gato saltó sobre su cama y se acomodó junto a sus piernas. Luego otro, Musi de nuevo, se metió bajo las cobijas. Mangus llegó y se recostó sobre su cadera. Y Juana y Benito y Toña compartieron el espació que quedaba libre en su almohada. Por ultimo el salto de Micha que se hizo ovillo pegada a su espalda. Entonces y solamente entonces Sara pudo dormir ya sin interrupciones.

Amor de gatos


Marina Bespalova

(Ilustración de Cecilia Pego)


Hasta que nació mi hermano, tenía la certeza de que mi madre ejercía una extraña atracción sobre los gatos. De tejados vecinos o apátridas, en el patio de mi casa se arremolinaban a su alrededor, todos los días, antes del atardecer, cumpliendo con esa cita diaria que a ella parecía revivirla, como si de un encuentro amoroso se tratara. Nunca reparé en que había un cubo azul debajo del fregadero, en el que ella acumulaba los restos de la comida del día, ni en que lo llevaba a sus encuentros gatunos, lo colocaba junto a sus pies y miraba al cielo mientras disfrutaba las colas peludas que se restregaban en sus tobillos, maullaban a ratos y comían a su vera. La fantasía de ser la hija de esa especie de diosa terminó cuando mi madre volvió del hospital con los ojos cansados y un niño envuelto entre los brazos. Ella ya no era la misma ni lo será los días siguientes, que la encontrarán ojerosa, siempre en bata y siempre hambrienta. El primer día, cuando crucé el patio para ir al cuarto de los trebejos, vi que sólo había aparecido la Vaquita, una gata pinta que ya había parido dos camadas en casa y a la que mi madre guardaba especial cariño, porque casi había muerto de tristeza, según ella, cuando comenzó la repartición de sus crías entre las vecinas y el veterinario de la colonia. La Vaquita se paseó inquieta por la pila de agua, rodeó el guayabo, intentó -sin muchas ganas, a decir verdad- subirse a él y hasta llegó a husmear en la puerta que comunicaba con la cocina, pero nada, su benefactora no aparecía. En ese lapso bajaron Mimoso, Perezoso y el Chato, un gato cuyo pedigrí persa apenas había sobrevivido en esa cara que hacía honor a su nombre, a la que seguía un cuerpo fofo cubierto de pelo gris. Esos cuatro gatos esperaron hasta que el sol se puso y se fueron desconcertados, deteniéndose en la ida, volviendo la cabeza con cada ruido que viniera de dentro de la casa, hasta que al final desistieron y desaparecieron de mi vista. Luego comprendí que mi madre no estaba para alimentar a nadie más que a su nuevo hijo y, aunque se asomaba de repente al patio, no volvió a ocupar su trono gatuno. A rey depuesto, rey puesto. Su lugar fue ocupado por Carmela, nuestra joven tía que me descubrió las propiedades de ese balde azul que volvió a llenarse de comida, “para los gatos de la tarde”, me dijo. Nuestro patio volvió a albergar a la comunidad de los gatos inútiles de la zona (así los llamó mi padre alegando que a un buen gato no le faltarían ratones para comer), pero la Vaquita no apareció nunca más. Carmela aseguró que la tristeza de no volver a ver a mi madre la había matado, según ella, porque los gatos pueden morir de amor.

Los que sí me consta que murieron de amor fueron Napoleón y Sadam o Napo y Dudi, como acabamos llamando a un par de gatos que mis hermanos salvaron de una muerte inminente. Al primero, estaban a punto de ahogarlo en una cubeta, poco después de nacer; al segundo, lo tenían en una especie de corredor de la muerte de la veterinaria, porque su dueña no quería saber nada de ese pequeño gato asmático de Angora. Ambos gatos crecieron con personalidades muy distintas. Napo, tranquilo, elegante, obediente y amante de los boleros, dedujo mi padre, feliz de tener un fiel acompañante en sus ratos bohemios. El otro, en cambio, rebelde, huidizo, juguetón y con una extraña relación con el teclado de la computadora, al que orinaba de repente o sobre el que daba pasitos justo cuando mi padre se ponía a escribir. A pesar de las diferencias, los gatos se adoraban, no durmieron nunca separados y, cuando uno enfermaba, el otro hacía de cariñoso centinela. Un día, Napo dejó de comer y comenzó a vomitar reiteradamente un líquido verde, tras sus lengüetazos al trasto del agua. Pronto, el veterinario nos daría la mala noticia de que un tumor maligno crecía en su estómago y no había posibilidad de tratarlo, por lo que nos ofrecía la opción del sacrificio rápido e indoloro que le iba a evitar una mala muerte. Curiosamente, Dudi había sido el primero en detectar el cuerpo extraño de su compañero, pues no dejaba de lamerle justo donde se alojaba el tumor y, cuando debimos decidir la muerte de Napo, concertando una fecha y planeando el consecuente entierro, Dudi se hundió en lo que parecía una profunda tristeza, agazapándose en un rincón de la cocina e iniciando su particular y anticipado duelo. Sin embargo, Napo no esperó al sacrificio y murió una noche antes de lo previsto. A mi hermana le extrañó verlo a los pies de su cama, acostado sobre la ropa que se había quitado la noche anterior y aparentemente dormido. Aún tenía el cuerpo caliente cuando se acercó a acariciarlo, pero ya no respiraba. Dudi esperaba en la puerta del cuarto, tranquilo, como nunca, como si hiciera la guardia a su compañero muerto. No había terminado de secarse la tierra de la tumba de Napo, que humedecimos para plantarle flores, cuando Dudi se suicidó. Sí, ante nuestros tristes y azorados ojos que miraban desde el balcón la calle, Dudi se lanzaba hacia un coche blanco en marcha que lo había estrellado en la acera de enfrente. Recogimos su cuerpo deshecho y envuelto en espasmos, quisimos creer que sus ojos, casi en blanco, nos miraban y se despedían pidiendo esa comprensión que tardamos en tener. Dudi y Napo fueron enterrados juntos, en un par de cajas de cartón y al lado de sus juguetes y cuencos de comida. Aún recuerdo a mis hermanos pequeños inclinados sobre el montículo de tierra, hablando entre ellos sobre el posible estado de los cuerpos o barajando la posibilidad de un rápido desentierro y la consecuente momificación que, habían leído, practicaron los egipcios con sus animales más queridos. Mi padre quiso paliar el vacío comprando un perro que, según él, exigiría nuestra atención constante y haría que olvidáramos pronto a los mininos, pero no fue así. El pobre perro fue devuelto a la veterinaria a la semana y nosotros seguimos con nuestra rutina de visitas a las tumbas de nuestros gatos, hasta que el tiempo hizo lo suyo, nosotros crecimos, nos fuimos de casa y no objetamos que ese sagrado jardín familiar fuera sustituido por un estacionamiento.

Bajo la idea de que dos se acompañan y uno se aburre (falaz premisa que bien podría invertirse), siempre acabamos teniendo dos y no un gato en casa. Los hermanos Karamazov, Dimitri y Aliosha, fueron mis últimos y particulares mininos. Vivía en un departamento de Tlalpan que debió parecerles un enorme solar, casi sin muebles, blanco y con grandes ventanales a un jardín de eucaliptos. Pero la sensación que debieron tener, más que por el espacio, pudo responder a su tamaño: eran tan pequeños que cabían de sobra en la palma de mi mano. Mi madre me había regalado a ese par de bichitos recién nacidos que habían aparecido en un rincón del laboratorio universitario en el que trabajaba. Sabía que era la camada de una gata amarilla que merodeaba por el lugar y que había sido apaleada una noche antes por el gatofóbico velador, que, sin pudor, alardeaba su hazaña, alegando que eran los animales más traicioneros que la naturaleza había creado. “A ver, güera”, le dijo a mi madre, “¿dónde has visto que la gente se forme por adoptar gatos? Nomás comen, duermen, mean y te echan a perder la alfombra”, a lo que mi madre respondió, con su acento eslavo: “pues ahora vas a ver a una, cabrón”. La diosa había renacido. Tomó una caja vacía, la llenó de algodón y periódicos estrujados y salvo a los cinco gatos de la camada que maullaban sin parar, a unos centímetros de su madre muerta. Me dijo que había repartido a los otros tres en casas fiables de amigas y que esos dos últimos, uno gris Oxford y el otro pinto, blanco con negro, “los más llorones”, estarían mejor en familia, así que me los ofrecía bien comidos y dormidos, “para que tengas a alguien que te espere en casa”, concluyó.

Los hermanos Karamazov estuvieron casi ocho años conmigo y pocos menos con mi hermana, que se había mudado a mi departamento por algunos meses. Dimitri, el gris, creció elegante y presumido; aprendió a abrir ventanas, a agarrar su trasto de la comida con los dientes y golpear con él en el suelo, cuando tenía hambre, y hasta supo para qué servía esa enorme pieza blanca, en forma de copa deformada, en la que sus dueñas solían sentarse. Sí, un buen día, después de un viaje de fin de semana, descubrimos a Dimitri sobre el váter, concentrado en lo suyo, con la mirada fija en su caja de arena puesta a un lado, que clamaba ya por su limpieza. Desde ese entonces, tuvimos cuidado en dejar la tapa del váter arriba y Dimitri nunca nos falló. Prefería defecar en el váter (a donde debió ser una odisea subir) que en cualquier otro sitio fuera de su caja. Aliosha, por su parte, asumió que era el menor y, físicamente, el más débil, por lo que se subordinó a su hermano de manera pacífica y leal. Dimitri lo mimaba y protegía, pero también fue su preceptor: le descubrió el abrevadero para los colibríes que habíamos colgado en una de las ventanas, así que ambos se divertían asustando a los diminutos pájaros; le enseñó las funciones de un buen gato-perro, como maullar a quienes se acercaran a la puerta o a seguirnos con la vista, desde la ventana de la cocina, cuando nos íbamos o llegábamos a casa. Aliosha se convirtió en la sombra de Dimitri y éste campaba feliz con su corte, donde también nos contábamos nosotras, siempre atentas a las gracias y nuevos conocimientos del felino mayor.

Curiosamente, la historia de estos dos terminó de manera similar a la de Napoleón y Sadam. Cuando me fui a vivir al extranjero, mi madre intentó adoptarlos, pero su gata persa, tan blanca como egoísta (gata única, al fin y al cabo, dicen), hizo imposible cualquier convivencia pacífica, así que Dimitri y Aliosha despertaron al guerrero que guardaban dentro y si no acabaron con ella, sí lo hicieron con la paciencia de mi madre. Ella optó por entregarlos a una amiga suya que “los deja dormir en su cama, como a los otros dos que tiene”, me dijo por teléfono, entre justificando su acción y convenciéndose de que había tomado una buena decisión. Luego, me fue contando cómo Dimitri se había vuelto el rey del barrio (él, un gato que ni había salido de un departamento) y cómo Aliosha terminó ocupando el principado de la casa, rigiendo sobre los otros dos que, sumisos, habían aceptado el nuevo orden. A estas alturas, después de seis años de separación, no sé cuánto hay de realidad en las crónicas de mi madre (mi primera duda surgió cuando ella aseguraba que Dimitri había preñado a todas las gatas de la zona, a pesar de su castración). Lo cierto es que una de sus llamadas me trajo malas noticias: alguien había robado a Dimitri, “habrán pensado que era fino”, me dijo, y Aliosha había comenzado una rutina de búsqueda diaria, por los jardines de las casas aledañas. Fue un sábado cuando Aliosha decidió no salir más; esperó la noche, se escurrió por los barandales de la ventana a la calle y esperó en el borde de la acera. Cuando debió intuir la cercanía del primer camión de carga, de esos que iban a la Central de abastos, se preparó y, con las luces cegándolo, debió lanzarse sobre él. “Tu gato no podía vivir sin su hermano”, comentó mi madre, “quizá debas probar a tener solo uno, ya ves, cuando saben lo que es tener pareja luego no pueden vivir solos, son como nosotros”, concluyó casi como una confesión.

Espejos felinos


Diana Teresa Pérez

(Ilustración de Cecilia Pego)


Cuando tenía veinte años renuncié a las mascotas. No podía soportar la culpa; me acordaba de mi querido Rambo, un perro fiel que casi muere de tristeza, abandonado por un cuarteto de jóvenes –mis hermanos y yo- que inevitablemente huyeron de casa dejándolo en el olvido. Pero los gatos… los gatos eran distintos y fue mi madre quien me puso en ese camino…

Vivía sola. Un día, abrí la puerta y sentí que algo se movió entre el comedor y la sala. Me asusté aunque calmé un poco el nerviosismo pensando que seguramente el insomnio hacía de las suyas en mi cerebro. Cerré la puerta, encendí la luz y escuché un ruido. Ahora sí sentí como la sangre me bajaba hasta los talones. Fui hacia la recámara, prendí la luz, abrí de golpe las puertas del clóset. Nada. Silencio. Fui a la otra recámara y repetí el procedimiento. ¿No estaría loca? Mejor un té para tranquilizarme.

Casi me da un infarto cuando tropecé con un recipiente plástico lleno de leche y en el descontrol, pisé otro lleno de ¿qué?, ¿qué era eso? El teléfono interrumpió el análisis de la situación. Mi madre.

-¿Ya viste tu regalo? Está hermosa ¿no? Y lo mejor, sólo le tienes que dar de cenar, ponerle la tierra que te dejé detrás del refri y ella solita se cuida. Además, ya la operé.

Mi regalo era Karla, una gatita siamesa que mi mamá, con el duplicado de las llaves que le dejé para casos de emergencia, metió a mi departamento para que me hiciera compañía.

La encontré debajo de un sillón. Sus ojos brillando la delataron. Metí la mano para sacarla y recibí un rasguño. “¡Hija de…! Pues ahí te quedas infeliz. Tendrás que salir cuando te de hambre”.

Me fui a la recámara a seguir con mi rutina. Otra vez los ruidos. La cocina. ¡Ahí estaba! Quiso correr pero ahora sí logré atraparla, claro, sólo por unos segundos porque se escurrió de nuevo. Pero la vi: era preciosa, apenas un poco más grande que la palma de mi mano. Suave al tacto, de ojos azules rodeados de pelos café más oscuros que el resto de su cuerpo, como si trajera un antifaz.

Tardamos como dos días en tenernos confianza. De pronto saltó en la cama a media noche. Sentí sus patitas caminando sobre mis piernas, me aplastó la panza y se acurrucó en mi pecho. Casi me doy la vuelta para que no creyera que venía a imponer su voluntad cuando escuché el ronroneo, las vibraciones sobre mi corazón. “Está bien”. La acaricié con cuidado y sentí su pequeña lengua rasposa lamiendo mi mano. Una áspera pero dulce muestra de cariño. Sin duda nos llevaríamos bien.
Nos adaptamos a la perfección. Era la compañera ideal: no maullaba mucho, sólo cuando se le acababa la leche; se tiraba en mi sillón y no hacía caso de nada. Cuando quería un poco de cariño, se acercaba, me lamía y yo, feliz de haber sido tomada en cuenta, le platicaba aunque se quedara dormida.

Unos dos meses después mi mamá llegó con otra siamesa, casi del mismo tamaño que Karla. La encontró en la calle casi muerta de frío…

-Mamá, no puedo cuidar a todos los gatos del mundo. Ya tengo una.

-Mira qué chistosa, dijo mientras me la pasaba.

Sí, muy chistosa. Me la puso en las manos y ni se movió, más bien se acurrucó de inmediato y aunque tensa por el chantaje, no pude negarme.

-Pero no quiero un gato más.

Y empezó la batalla campal. Karla, por supuesto se indignó y desde que vio a la intrusa le trató de hacer la vida imposible. Controlé los primeros enfrentamientos en medio de una nube de pelos volando, luchas en las que Mulán –así le puso mi sobrino- salía siempre herida y no porque no tuviera uñas, incluso tenía mayor peso que Karla, pero era más noble.

Mulán me seguía a dónde fuera, casi como un perro; es más, compré una pelotita que le lanzaba y ella iba a recogerla. Se enredaba en pleitos con la bola morada que a los meses ya casi había perdido su forma redonda. Se sentaba, no como un gato normal, sino sobre su cadera y cola, desparramando la panza a los costados mientras recargaba su columna en alguna pared.

Karla la odiaba. “Ffuuu”, le decía cada vez que la panzona pasaba frente a ella con toda calma. Con el tiempo y a base de algunos chanclazos dejó de molestarla, pero no la quería cerca. Se nos quedaba viendo fijamente cuando ella y yo jugábamos y rasgaba los tapices de los muebles en venganza. Mulán sólo recargaba su cabeza en mi hombro viendo el destrozo que hacía su hermana sin inmutarse.

Karla defendió el lugar para dormir sobre mi pecho con uñas y dientes, que por cierto me quedaban marcados en la piel, porque tardaba en parar la pelea que tenía lugar en mi panza y desde donde ni una ni otra dejarían avanzar a la contrincante una pata más arriba.

Me puse severa y por derecho de antigüedad, dejé que Karla siguiera durmiendo en su lugar y Mulán, que además era más pesada, en los pies. Karla cedió un poco. No soportaba que Mulán se le durmiera encima, aunque en épocas de frío se tragaba el orgullo y como por casualidad se pegaba al cuerpo de su hermana y cerraba los ojos.
Las quise mucho. Mis compañeras. Mis espejos. Karla, neurótica, indiferente, fría, egoísta y caprichosa. Mulán, buscando ternura, juegos y paz. Opuestos en los que me reconocía invariablemente.

Duramos siete años juntas. Hasta el día en que mis personalidades empezaron a multiplicarse, de dos a cuatro, a seis… Decidí partir antes de perderme por completo.
Sí, fueron la mejor compañía que he tenido. Ahora, viven con su abuela y otros tres gatos que mi madre también recogió de la calle. Karla la ha tenido difícil. Perdió por completo su reino. Mulán se acopla bien, es muy sociable. Pero ya ninguna de las dos da mucha lata. Miran con fastidio a los gatos jóvenes que en sus corretizas las golpean sin intención; ellas bostezan, buscan el sol y se quedan dormidas. Están envejeciendo. Como yo.

Terrora y Tabú